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Conversaciones en la huerta: La biodiversidad

Hablemos, amiga, añoraba tu visita y el sosiego al hablarte; siéntate aquí junto a las lechugas, sentémonos y conversemos. ¡Están tan espabiladas con el agua de lluvia recién caída! Estas lechugas son una maravilla: llevamos cinco años reproduciendo su semilla, la llaman cogollo morado en Cabra, las primeras semillas me las dio un gran hortelano de aquella tierra, José Luis, todo un maestro.

Desde la última vez que nos vimos, ando dándole vueltas a una cosa: ¿recuerdas que hablamos de la mosca de la col? ¿De cómo había afectado a los cultivos y cómo seguía viva en diciembre por las altas temperaturas? Lo recuerdas, ¿verdad? Han pasado muchas cosas desde entonces: llegaron los fríos por fin, la mosca se fue, pero aquellos dañaron cultivos en otros territorios, por ello hubo muchas pérdidas y se disparó el mecanismo de subidas de precios, artículos de prensa, televisión, aluviones de noticias aquí y allá, hablando de los precios de las verduras, un mecanismo muy oscuro y alejado de nuestro modo de entender la tierra y las cosechas.

Pero bueno, amiga, centrémonos en aquello que te quería contar y me inquieta.

Resulta que, compartiendo experiencias en diferentes espacios, contando lo sucedido con la mosca de la col, sucesivamente he tenido las mismas respuestas:

-Pero ¿por qué no tratas? ¡Pero si hay muchos productos ecológicos para tratar la tierra! ¡Lo que te pasa es que tú eres muy así con los tratamientos!

Querida amiga, algunas veces temo estar equivocándome. Nosotras concebimos la tierra como un sistema complejo, ya de por sí muy alterado, porque la agricultura es una alteración del terreno en sí misma, no nos engañemos; dentro de esta alteración, intentamos potenciar la biodiversidad, regular nuestra actuación, sembrando plantas aromáticas, plantas autóctonas, manteniendo floración durante todo el año para los insectos; tenemos plantas por su follaje como resguardo de la fauna auxiliar para los meses más fríos, y todo esto nos supone un trabajo que el sistema clasifica como “no rentable”, “no productivo”.

Temo equivocarme, pues me faltará vida para poder comprender y tener conocimiento suficiente de haber hecho lo correcto, de intentar crear un ecosistema cada vez más equilibrado.

Amiga, yo siento que si trato de forma continuada sobre mis cultivos, aunque sea con productos ecológicos, también puedo dañar a aquella fauna que me ayuda a combatirla, me falta mucho saber para poder estar segura de ello. Pero me inquieta muchísimo una cuestión: nosotras decidimos cultivar rescatando y tomando prestada la cultura de nuestros abuelos y abuelas, y ser vínculo hacia el futuro.

Decidimos recuperar palabras, trabajar generando confianza, no solo por el resultado final de nuestras verduras, sino por todo el camino que hay que recorrer hasta obtenerlas. Sentir que las personas confían en nosotras es un sentimiento que no puede certificarse con ningún sello.

Pero hay cuestiones que me generan muchas incertidumbre. No tenemos dudas de que producir en ecológico es el único camino pero ¿es correcto utilizar mecanismos similares a los que nos han llevado a la actual situación de los campos? Perdona, amiga, me intentaré explicar mejor: ¿Es suficiente con una normativa que regule el uso de agroquímicos? Si no pensamos en el problema que suponen los monocultivos en grandes extensiones para la biodiversidad ¿no estaríamos cayendo en el error de copiar el mismo modelo agrario?

Pienso que no basta con el sello que certifique tu producción, es necesario trabajar para la biodiversidad. Tenemos el deber moral de pasar a las futuras generaciones aquello que nos ha sido prestado.

No sé, amiga, quizás por ello no me gustan las respuestas rápidas para explicar un sistema tan complejo…